domingo, septiembre 30, 2012

Concurso literario: Premio Internacional "Museo de la Palabra"

, by Daniel Paredes


Premio Internacional de Microrrelatos "Museo de la Palabra"

Género: Cuento breve
Premios: 20.000 dólares, y tres premios de 1.000 dólares
Fecha límite: 23 de noviembre de 2012


NOTA DE PRENSA

10 de julio de 2012
La Fundación César Egido Serrano convoca la
III Edición del Premio Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra”

• La dotación de premio —20.000 dólares al relato ganador— lo convierte en el premio mejor dotado por palabra del mundo, se concederán, así mismo, tres accésits de 1.000 dólares cada uno para los mejores relatos de cada una de las lenguas admitidas en el concurso, y que no hayan resultado ganadoras del premio absoluto.
• En la segunda edición participaron en el certamen 14.253 obras provenientes de 89 países.
• Además de en lengua española se podrán presentar los relatos en inglés árabe, y hebreo.
La Fundación César Egido Serrano ha convocado el III Concurso Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra”.
La convocatoria se enmarca dentro de las actividades que la Fundación lleva a cabo para alcanzar sus objetivos. Uno de los objetivos de la Fundación es poner en valor la capacidad que la palabra tiene para unir a los pueblos. No en vano el lema del Museo de la Palabra es “la palabra es el vínculo de la humanidad”. La palabra en su doble condición de elemento comunicativo y de idioma, como patrimonio cultural de los seres humanos.
En esta convocatoria —como ya sucediera en la anterior— se podrán presentar los relatos —además de en español— en ingles, árabe y hebreo. Con ello se recogen las lenguas en las que expresan su sentir religioso las tres religiones monoteístas del mundo. En esta tercera edición, se espera superar el grado de participación de la segunda, 14.253 escritores de 89 países.
Pasado el verano, se realizará un acto desde TOLEDO, ciudad patrimonio de la humanidad, con claras connotaciones internacionales e interculturales, y en el que intervendrán los representantes diplomáticos de las tres religiones monoteístas, desde la Sinagoga, la Mezquita y la Catedral, y que transmitirá para todo el mundo, un inequívoco mensaje de convivencia entre los pueblos, coincidente con el objetivo fundamental de la Fundacion Cesar Egido Serrano, todo ello desde esta ciudad, emblema de la tolerancia a lo largo de siglos.

CONVOCATORIA
La Fundación César Egido Serrano convoca el
III Premio Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra”
Teniendo como premisa fundamental, el objetivo de la Fundación: “La palabra como vinculo de la humanidad, frente a toda violencia”, y la capacidad que la palabra tiene para unir a los pueblos, se convoca la III edición de concurso, bajo el lema: “PALABRA Y LIBERTAD”

BASES DEL CONCURSO
1. Se convoca la III edición de Premio Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra”.
2. Podrán participar cuantos escritores de cualquier país del mundo lo deseen.
3. Los originales cuya temática será libre (dos por autor, como máximo) estarán escritos en cualquiera de las siguientes lenguas: español, inglés, árabe o hebreo.
4. Se establece un premio absoluto de 20.000 dólares para el mejor relato en cualquiera de las lenguas autorizadas en el certamen.
5. Se concederán tres accésits de 1.000 dólares cada uno para los mejores relatos de cada una de las otras lenguas admitidas en el concurso, y no ganadoras del premio principal.
6. Los relatos no podrán superar las 100 palabras. Se enviarán exclusivamente rellenando el formulario que se encontrará en la página web de la Fundación: www.fundacioncesaregidoserrano.comwww.museodelapalabra.com. Los textos serán originales, inéditos en todos los medios (en papel, blogs, publicaciones electrónicas, en red…) y que no hayan sido premiados en cualquier otro certamen. Los que no cumplan esta condición desde la convocatoria hasta el fallo del premio serán descalificados.
7. El plazo de recepción de originales terminará a las 24h (hora peninsular española) del Día Internacional de la Palabra como Vínculo de la Humanidad (lema de la Fundación), el 23 de noviembre de 2012.
8. El jurado evaluador hará una selección cuantos finalistas considere oportuno. El listado de los títulos finalistas será publicado en la página web de la Fundación César Egido Serrano.
9. El fallo final del jurado se hará público dentro del año 2013.
10. La Fundación César Egido Serrano se reserva el derecho de publicar los relatos finalistas.
11. La resolución del jurado será inapelable.
12. La inscripción en este certamen supone la total aceptación de sus bases.
13. Los textos que incumplan cualquiera de las bases serán descalificados.
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Puedes ver todos los concursos vigentes en la sección CONCURSOS LITERARIOS

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sábado, septiembre 29, 2012

Entrevista a Daniel Paredes

, by Daniel Paredes


Entrevistadora: Pilar Fernández
Entrevistado: Daniel Paredes

(Esto es un extracto. La entrevista completa puede leerse en el blog 5alas5, y también en Resistencia Urbana, de Ceci Vietri.)

Daniel Paredes hoy es noticia porque acaba de publicar y presentar, en Buenos Aires, un libro de cuentos titulado Tierra de trampas.

P.F (Pilar Fernández): Además de todo lo dicho y de ser un buen amigo de 5alas5, dime: ¿Quién es Daniel Paredes?

D.P. (Daniel Paredes): Paso la mayor parte del tiempo en casa, dividiéndome muy placenteramente entre compartir las horas con mi familia y trabajar en lo que me gusta. Es cierto que pertenezco a esa raza insólita que prefiere leer a mirar televisión, pero fuera de esta rareza, digamos que hago una vida de lo más normal.

P.F.: He tenido la suerte de leer todos los cuentos de Tierra de trampas, y me sentí atrapada del primero al último. Son cuentos duros y descarnados que por momentos encienden una llamita de ternura y esperanza. Es la vida de los páramos y no me refiero solo a los pueblos y paisajes. ¿Qué esconde Tierra de trampas?

Libro de Daniel Paredes Tierra de trampas
D.P.: Tierra de trampas consta de once cuentos, la mayoría costumbristas, y en ellos he intentado rescatar algo de la gente de nuestro país. En especial he puesto la lupa sobre el hombre que vive en los pueblos chicos, o al pie de una montaña, o incluso en medio del monte. Esa gente de escasos recursos a veces es centro de la burla del hombre de las grandes ciudades. Es que algunos piensan que ser silencioso equivale a no tener nada que decir, o que la falta de estudios convierte a las personas en incapaces. Pero no se paran a pensar que el hombre del monte levanta solo su casa, amasa el pan que pone sobre la mesa, sabe sembrar, cazar, criar animales, construir sus propios instrumentos de música... No sé cuántos de los que se sientan cómodamente en una oficina serían capaces de hacer lo mismo. Además son dueños de una sabiduría que se transmiten por generaciones, y el contacto con la naturaleza les ha afinado el ojo y el espíritu, así que es frecuente que se expresen con un lenguaje muy particular, muchas veces poético. Ese hombre subestimado es el que tenderá varias de las trampas que aparecen en el libro.

P.F.: ¿Qué se puede conocer de Daniel Paredes a través de sus historias?, ¿te escondes detrás de los personajes y las tramas? y, ¿qué te mueve a elegir un tema?

D.P.: Es difícil no escribirse uno mismo. En este libro hay mucho de mí y de gente que conozco, pero todo queda disimulado bajo las capas de lo artístico: los narradores exageramos, atenuamos, falseamos, es decir, generamos las distorsiones necesarias para encauzar el relato hacia donde más nos convenga.
Y yendo a tu pregunta acerca de qué me moviliza, hay un amigo que siempre me dice “Tendrías que escribir aquello que te conté” (una historia real en donde el azar ha armado un enredo). Él piensa que el cuento ya está hecho y que sólo resta escribirlo. No sabe que si el suceso no me roza un algo que llevo adentro, no lograré que me salga una sola frase. Eso es lo que me moviliza: que el suceso se amigue con mi sensibilidad.

P.F.: ¿Crees que escribir sirve de valor catártico? ¿Te enseña algo sobre tu propia personalidad?

D.P.: No lo sé… Tal vez me enseña que no escribo para hacer catarsis, o, mejor dicho, que escribir no me cura. Cuando releo mis textos, vuelvo a emocionarme siempre en los mismos fragmentos: me parece un indicio de que las heridas siguen abiertas.

P.F.: Te entiendo muy bien. Interesante respuesta.
Yo soy española y conecto con tus cuentos. ¿Acaso pensaste alguna vez traspasar las fronteras y ser leído más allá del charco? ¿Qué sería lo que más te preocuparía en ese caso: el lenguaje (localismos), tema, personajes…?

D.P.: Nada de eso me preocupa, de verdad. Y es que, aunque me lo propusiera, no sabría ser otro. Yo no puedo escribir como español ni como mejicano ni como chileno, porque mis sentidos no han abrevado en otros paisajes que no sean los nuestros ni han conocido más lenguaje que el de nuestra gente. Cuando escribo no puedo desprenderme ni del “che” ni del mate ni del tango, porque hacerlo sería quedarme desnudo. Además confío en que, si soy verdadero, al otro le interesará más lo que tengo de diferente. ¿O acaso no es interesante asomarse por el tapial para conocer cómo vive el vecino?...

P.F.: Desde luego, es enriquecedor ver cómo vive el vecino. Y hay muchos concursos literarios internacionales cuyo único requisito es que se escriba en español, me gustaría pensar que escribir con giros propios (localismos) de cada país no resulta un hándicap para el escritor, independientemente de quién organice el certamen. Pero dime: ¿por qué escribe Daniel Paredes?

D.P.: Yo me comparo con un chico. Si a un chico le duele algo y sus padres no le llevan el apunte, entonces se tirará al piso, chillará, se revolcará… hará todo lo posible para llamar la atención. Yo, en lugar de revolcarme, me siento y escribo; pero la intención es la misma: cuando escribo estoy diciéndole al lector “Me duele acá y necesito que lo sepas”.

P.F.: Esto me recuerda al valor catártico del que hablamos antes. Aunque escribir no cure, sí tiene algo de purgante. ¿Cómo descubriste tu vocación de escritor?

D.P.: Desde chico me sentí inclinado hacia las artes: a los diez años estudiaba guitarra y bailaba danzas folclóricas argentinas. El bichito del escritor también andaría por mi sangre en aquella época, porque ya en el colegio primario era muy bueno en Lengua —y pésimo en casi todas las demás asignaturas— y nada me entusiasmaba tanto como las “redacciones” que solía proponer la maestra. Sin embargo, no conocí el placer de la lectura hasta bien entrada la adolescencia. Recuerdo que mi padre me regaló mi primer "libro de grande", un libro que anduvo dando vueltas por la casa mucho tiempo sin que yo conociera otra cosa más que las tapas. Al poco tiempo de morir mi padre, tal vez por melancolía, tomé aquel libro para conocer, por fin y gracias a Dios, el contenido. Se trataba de El escarabajo de oro y otros cuentos, de Poe. Desde entonces empecé a leer mucho, muchísimo, sin orden alguno, guiado sólo por las ansias y el placer. Supongo que estos antecedentes, más algo de sensibilidad y observación, han colaborado para que decidiera moverme siempre en estos territorios.

P.F.: Así que las llaves las tenía Poe. Supongo que es uno de los recuerdos que llevas contigo, y te da fuerzas. No sabes cómo te entiendo. Ese momento en el que lees el libro que te regaló tu padre, abre las puertas al escritor que había dentro de ti. Cuando empezaste a escribir ¿tenías en mente modelos literarios de escritores a los que querías imitar?

D.P.: Sí, aunque de forma inconsciente. Al momento de armar una frase, ese tono ajeno andaba revoloteando en el aire y era imposible no tomarlo. De todos modos, me parece imposible que alguien pueda emplear un tono propio desde sus primeros textos, excepto que sea un tono decididamente desagradable, como suele serlo el de aquellos que se largan a escribir sin haber cultivado jamás la lectura. Hay un código literario, una esencia que circula subterránea por toda la literatura, y uno debe empaparse de ella, repetir esos códigos hasta apropiárselos, y una vez instalados esos cimientos, poco a poco puede ir levantando las paredes del estilo propio. Nuestra voz no es otra cosa que un caldo hecho de muchas voces ajenas, pero que hemos proporcionado de tal modo que huele distinto al caldo de los demás.

P.F.: Creo que no se puede expresar mejor, muy clarificador. ¿Cuál es tu literatura favorita? ¿Cuáles son tus escritores preferidos?

D.P.: Es mucha y muy variada la literatura que me produce placer, pero siempre releo y recomiendo los clásicos. Esas obras esconden el secreto de lo perdurable. Son historias que interesan al Hombre de cualquier lugar y cualquier época. Fijate en el Quijote, por ejemplo, tiene casi cuatrocientos años y ha sobrevivido a todos los movimientos, ha saltado por sobre todas las “modas” estilísticas, ha visto nacer y morir a tanta “vanguardia”... Cervantes, Poe, Kafka, Borges, Stevenson, Dante, Tolstoi, Dostoievski, Maupassant… cualquier lector que busque por ahí, no puede salir decepcionado.

P.F.: ¿Vives la soledad del escritor? ¿Necesitas compartir lo que escribes con alguien? ¿Grupos o tertulias literarias, familiares, tu mujer, amigos...?

D.P.: Lo necesito, sí. Daniela, mi esposa, es la primera en leer mis textos, incluso cuando aún no están terminados. Le pido que lea en voz alta, y mientras lo hace voy estudiando sus gestos y las inflexiones de la voz para saber si he logrado plasmar los efectos que me había propuesto. Su parecer me resulta muy valioso: además de ser implacable con la crítica, su punto de vista no está contaminado de fundamentos teóricos, ella mira con ojos más salvajes: simplemente algo le gusta o no le gusta y, después, que me encargue yo de sondear los motivos. Su mirada me acerca a la del lector común, que es en definitiva a quien le apunto. Cuando el texto está terminado, a veces lo pongo a consideración de algunos amigos escritores —también implacables—, que me ofrecen otras perspectivas. El resultado de atender a esas voces y de trabajar en consecuencia es, por supuesto, un texto mejor.

P.F.: ¿Cómo es tu proceso de corrección?

D.P.: A diferencia de lo que suele recomendarse, yo voy corrigiendo a medida que escribo la primera versión. Es un trabajo lento, pero cuando termino de contar la historia, ya ha quedado prácticamente impecable (esto no impide que luego siga retocando ad infinitum). Es que si una frase no me cierra, no puedo continuar con la siguiente. Encontrar la palaba exacta, controlar el ritmo y la fluidez, hace que me sienta cómodo; cuando sé que he dejado un ripio por el camino, avanzo con una piedra en el zapato.

P.F.: ¿Alguna vez te has sentido bloqueado, sin ideas?

D.P.: Me ocurrió recientemente.

P.F.: Yo tengo la teoría de que tarde o temprano, le pasa a todo el mundo. ¿Cómo lo has superado?

D.P.: En principio, organizando mejor los tiempos. Ahora dispongo de algunas horas diarias que dedico sólo a escribir. Y lo he superado escribiendo y escribiendo, cualquier cosa, lo que saliera: ideas sueltas, escenas reales, poesía, técnicas de libre fluir... Sí, escribía a ciegas. Es que uno no puede sentarse de lo más cómodo a esperar que llueva la inspiración. Cuando las musas no quieren venir, hay que salir a cazarlas.

P.F.: ¿Cuál es tu ambición como escritor? ¿Adónde quieres llegar?

D.P.: Hasta donde pueda. Me gustaría escribir uno de esos libros que perduran. ¡Uff, qué ambicioso! Es que si nos proponemos objetivos mediocres, directamente nos entregamos a la mediocridad; en cambio, si apuntamos alto, no tendremos más remedio que darlo todo para poder seguir creciendo. Cuando yo escribo un relato, no me pregunto qué pensarán de él mis amigos y mi familia, me pregunto qué pensaría si lo leyera Poe. Y la respuesta siempre me obliga a volver sobre el texto para procurar mejorarlo.

P.F.: Aprovechando que acabamos de iniciar el 2011 y una nueva década, te deseo que escribas ese libro perdurable, y que tu Tierra de trampas tenga muchos lectores. Y por supuesto, todo lo mejor y los mejores deseos de 5alas5 para ti.


D.P.: Muchas gracias, Pilar, por brindarme este espacio en 5alas5. A ustedes y a vuestros lectores les deseo salud, prosperidad y mucho amor. Y también lecturas sabrosas y abundante creatividad.

Más información sobre el libro Tierra de trampas, de Daniel Paredes

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viernes, septiembre 28, 2012

Nudo en la garganta

, by Daniel Paredes

Microcuento inédito de Daniel Paredes ©

—Madre, tengo un nudo en la garganta.
—Por qué no se afloja la corbata, hijo.
—Me refiero a otro nudo, madre.
—¿Será el nudo de los zapatos? Pero fíjese, hijo, que ese nudo no está en la garganta.
—¿Cómo que no, madre? Está en la garganta del zapato. El zapato tiene un nudo en la garganta.
—¿Usted cree que el zapato anda preocupado, hijo?
—No, madre; el que está preocupado soy yo.
—¿Qué le pasa?
—Tengo un nudo en la garganta.
—¿No traerá los zapatos atados al cuello, hijo?
—No creo. Esta mañana los aseguré contra mis pies y de ahí no se han movido.
—No se confíe, que yo los vi corretear por el pasillo llevándolo a usted encima. Eran dos zapatos, uno negro y el otro también, con sendos nudos en las gargantas. Piénselo bien, hijo; ¿no será ése el nudo de la cuestión?
—El nudo de la cuestión está en mi garganta, madre.
—Haberlo dicho antes, hijo: lo que usted tiene es un nudo-de-la-cuestión en la garganta. Mire que puede ser peligroso. ¿Por qué no se lo opera?
—Tengo miedo, madre, póngase en mis zapatos.
—¡Ni loca! No son mi talle y además son de hombre.
—No son de hombre, son míos. Y lo que quiero decir es que se ponga en mi lugar.
—¿Usted quiere que yo me opere de su nudo-de-la-cuestión-en-la-garganta?
—Sí, madre, hágame ese favor.
—No sé, hijo; de sólo pensar en un bisturí, se me hace un nudo en la garganta.
—¡Gracias, madre! ¡Ya me siento perfectamente!

Daniel Paredes, Coordinador de taller Tierra de Trampas

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jueves, septiembre 27, 2012

Las trampas

, by Daniel Paredes

Cuento de Daniel Paredes ©

Era como para pegarse un tiro, carajo. Como para meter la cabeza en las vías. Seguro que había sido la Noelia, esa mosquita muerta que siempre andaba pateando el avispero. Ya estaba hasta acá de la Noelia, hija de tres mil putas, ¡qué tenía que meter el hocico donde no la llamaban! Al anónimo lo había mandado ella, eso era una fija, y ahora la Yola debía andar echando truenos, dele planchar para matarse la bronca, esperando que él llegara para reventarle la frente de un planchazo, ya habría llamado a la madre, y la vieja le estaría calentando la oreja, le estaría diciendo que él era un zángano, un picaflor empedernido y toda la sarta de antigüedades que repetía siempre. Había que pensar qué decirle a su mujer, había que encontrar una mentira que le salvara el cuero, y urgente (el micro que lo llevaba ya subía por Rivadavia), pero cómo concentrarse si la morocha que se había levantado de los primeros asientos bien se merecía que le echara una mirada, y ahora que la veía mejor, más que eso se merecía. Venía de costado, ondeando entre la maraña de gente que llenaba el micro, empujaba con el cuerpo para abrirse paso y los tipos le relojeaban el escote, de golpe se agachaba un poquito y espiaba por las ventanillas como si estuviese perdida, pero a él no le hacía tragar esa píldora: la morocha sabía de sobra que le faltaba un siglo para bajarse, y sin embargo seguía agachándose, seguía haciendo vacilar las costuras de la pollera porque le complacía que una porción de Buenos Aires se parase a mirarle el culo, y qué lindo culo tenía, dos paradas y todavía no tocaba timbre, si no bajaba en Castro Barros era posta que andaba buscando guerra, y así uno no podía concentrarse en lo que había que decirle a la Yola, menos con el pibe del asiento de adelante, un coloradito de cara pecosa y ovalada, un huevo de codorniz con peluca que dos por tres se daba vuelta para sacarle la lengua. ¡Cómo no se le había ocurrido comprar flores por lo menos!, aunque si lo pensaba, caerle a su mujer con un regalo significaría reconocer que estaba en off side, entonces lo mejor sería llegar como de costumbre y pegarle un beso y un abrazo, pero ¿qué abrazo le iba a pegar? si la Yola debía andar hecha un abrojo, “No me toqués, basura”, le diría, “Juntá tus cosas y vía, vamos”, y la vieja lo miraría con esa cara de ternera comiendo chicle y le soltaría “Usted se la ha buscado, mijito; váyase a embromar a otra, que bastante daño ya le ha hecho a esta”. Vieja lampalagua, veinte años soportando que se le enroscara en sus intimidades, veinte largos años esperando que la muerte se la llevara por las buenas, pero fijate qué turra la negra: había pasado Castro Barros, dos paradas más y todavía no bajaba, “Dios, te juro que si salgo de esta, no le vuelvo a meter los cuernos a la Yola”. Ojalá pudiera saber qué decía el anónimo, así sabría a qué atenerse, pero la Yola había sido tajante, “Llegó una carta y quiero que vengas urgente”, sólo eso había dicho cuando le habló por teléfono, y el acento nervioso no dejaba dudas de que estaba decidida a darle el raje. Bastante jodida debía ser la cosa para que la Yola le telefoneara a la agencia. Daban ganas de tirarse abajo de un tren. Seguro que había sido la Noelia, esa mosquita muerta. No quedaba otra que bajarse: con el coloradito boludo sacándole la lengua era imposible pensar. La morocha por fin había tocado timbre y ahora bajaba de medio lado, y él por detrás, mirándole las botas que se perdían bajo la falda, botas con forma de Argentina, que de tan altas le estarían haciendo cosquillas en el Alto Perú. Vieja lampalagua, veinte años esperando que la muerte se la llevara por las buenas, y en esa eternidad no le había tomado ni esto de simpatía a la vieja, porque de entrada nomás la cosa había venido mal parida: el día que la Yola le dijo que se iba a casar con él, la vieja le soltó “¡Ja! Linda cruz has decidido echarte al hombro, mija”, y en la fiesta había llorado igual que si se tratase de entierro en vez de casorio, y se había paseado de mesa en mesa murmurando “Si por lo menos fuera un hombre decente...”, como si ser artista no fuera decente, carajo, pero la vieja se había emperrado en que trabajar era otra cosa, y por eso le había conseguido este cargo de alcahuete en una oficina que te la regalo. Cuánta razón tenía su padre cuando le decía que la suegra es como la pala de punta, que es de más provecho cuando está bajo tierra. La morocha se había parado en una pilchería y mientras miraba la vidriera prendía un cigarrillo. Le estaba tirando un anzuelo, cualquier excusa era buena para empezar un diálogo, me das fuego, me decís la hora, pero no, porque la Yola lo estaría esperando y porque le había jurado a Dios, y sin embargo la sangre lo podía, tenía necesidad de ese cuerpo para poner otro nombre en la lista de pajaritas trampeadas, y además cuando el organismo empezaba a fabricar la ponzoña había que depositarla sí o sí para no morir envenenado. Le pidió fuego, y cuando le devolvía el cigarrillo, “¿No te molesta si te pido un consejo?”. La morocha levantó las cejas y apretó el bolso, él se apuró a decir que era el cumpleaños de una amiga y que le gustaría regalarle ropa, “pero yo de moda ni fu ni fa ¿viste?”, que le aconsejara ella que tenía buen gusto, y ella “¿Usted qué sabe?”, y ahí estaba el pie, en adelante todo era cuestión de tacto, había que decir que estaba claro que tenía buen gusto por el detalle de combinar la sombra de los párpados con el beige de la blusa, y ahora que los ojos de la negra se iluminaban, rescatar el arco parejo de las cejas y otras cosas por el estilo, porque el secreto era reparar donde ellas invertían tantas horas de espejo, y la negra ya estaba repasando la vidriera y le aconsejaba una chalina, fijate vos qué idea, una chalina azul, “Bárbaro, es más original que una pollera y no puedo chingarle al talle”, y la morocha encantada. Había que tomarla del brazo, pedirle que entrara para probarse la chalina y tironearla suave aunque con firmeza, y la negra se inventaba una cara de asombro que era un plato, pero plin caja, lo demás era un trámite, y a la chalina había que comprarla para regalársela cuando salieran del hotel. La invitó a un café, “Mirá sos un tipo simpático pero”, pero nada, porque él era un hombre público, “Soy Dardo San Román, el cantante”, y ella moría por sus canciones, “Sobre todo por esa... ¿cómo se llama esa...?”, ¿sería Amor de contrabando?, sí, era esa. La morocha acomodó el bolso y el brillo de una alianza se deslizó por la correa. Casada la negra... Ya decía su padre que la mujer es como la gallina, “Deja de comer maíz para ir a comer mierda”. Después hubo que tomar el obligado café, coincidir en todo con esmerada hipocresía, y al final poner cara de perro sarnoso para acelerar el camino a la cama. Hotel de lujo porque era día de cobro y la negra valía la pena. Habitación azul, luces regulables, sobre la mesita de luz la imagen de un Cristo con los brazos extendidos, idéntico a uno que la Yola había crucificado con chinches en la cocina. Le puso encima el paquete con la chalina para que el Cristo no los viera desnudos. Y la negra que se hacía la gata, mientras la Yola andaría hecha un león; la negra se mordía los labios, la Yola se mordería los codos, a él lo remordía la conciencia; la vieja pidiéndole a la Yola que se separase, él pidiéndole a Dios que se le parase, la negra pidiéndole a él que esperase, que mejor si se relajaban con un baño, que primero él y después ella, que juntos le daba vergüenza. A la ducha sin chistar, porque una mina encaprichada hace el amor a media máquina. Cuando abrió la lluvia, la negra estaba preguntando cuántos discos llevaba vendidos, “Veinte mil placas en cuatro meses”, y sí, era buena guita, las discográficas se sacaban los ojos por grabarle un disco. Y después hubo un silencio largo, un sonido lejano de ascensor y una pelea con las canillas, con el agua demasiado caliente y de pronto demasiado fría, y para cuando terminó de ducharse y de secarse y volvió al cuarto, la negra ya se había ido. Revisó los bolsillos del pantalón pero ni falta que hacía, si ahí donde debía haber un paquete con una chalina, estaba el Cristo solo, mirándolo con su carita de nada, diciéndole “Te hizo la más vieja, Supermán, la que pasan todos los días en el noticiero”. ¡Cómo lo había ensartado la negra esta! Le había demostrado que en el teatro de los boludos él se sentaba en primera fila. Y pensar que se las había echado de ganador, cuando la verdad era que no levantaba ni tierra, que la Noelia era comienzo y final en la lista de pajaritas trampeadas. ¿Y qué número de pajarón sería él en la lista de esta negra? Cómo no cayó cuando le dijo que lo conocía, si a Dardo San Román no lo conocía ni Dios, cuatro o cinco actuaciones en un cabarute de Constitución, un par de audiciones en radios clandestinas y toda una vida gastando puertas con ese disquito de mierda que nadie le quería producir. Ya lo decía su padre..., pero qué carajo, si su padre nunca había dicho nada, su padre había sido un pobre diablo y él se había pasado la vida inventando frasecitas de boleto para meterlas en su boca. “Frasecitas de boleto” gritaba, y la gente de la calle se daba vuelta. Ahora había que patear hasta la casa, contarle a la Yola, verle la cara a la vieja. ¿Y quién podía sostenerle la mirada a la vieja? ¿Y a la realidad...? Porque había que aceptar de una vez que era un mediocre. ¿Y cómo seguir cargando la joroba? Mejor poner el cogote en las vías, dejar que el pata de fierro se encargase.
Cuando llegó a la estación de Flores estaba oscureciendo. Las luces de neón resbalaban sobre los rieles. Esperó hasta que vio una ampolla encendida en el fondo del paisaje y entonces se acostó en posición fetal, de espaldas a la locomotora. Apoyó la cabeza en la vía y sintió los pasos del gigante, cada vez más cerca, cada vez más gigante. El pitido largo de la locomotora le puso una piedra en el estómago. “Dios, no quiero vivir, no permitas que me escape como una rata”. Las campanillas del paso a nivel le anunciaron la inminencia de la muerte. El pitido se hizo más porfiado, la tierra temblaba, el gigante seguía creciendo; bocinazos de autos se habían sumado desde el paso a nivel, algunos lo puteaban, muchos le gritaban que se salvase, “no permitas que me escape como una rata, Señor”. Cuando lo alcanzó la luz de la máquina cerró los ojos, y entonces pudo oír el ruido mecánico de la locomotora, la queja minuciosa de algún vagón, el girar de la rueda que le cortaría la cabeza, y fue demasiado. Pero cuando quiso levantarse sintió que le tiraban del cuello. Enseguida comprendió: Dios no permitiría que se escapara como una rata. Tenía enganchado el pulóver en uno de los bulones que aseguraban los rieles a la tierra. Luchaba para zafarse, pero la falta de espacio no le dejaba romper el tejido. La mecánica del tren lo acaparaba todo. Pensó en sacarse el pulóver pero un último pitido le despeinó la nuca, “¡Dios, no quiero morir...!”, y cuando lo dijo ya no escuchaba sus gritos ni sabía que lloraba y no conocía la vergüenza de estar cagándose encima porque la muerte venía ahí atrás para darle un patadón en el culo a la vida, y entonces el tren pasó.
Por las vías de al lado pasó. Asomado a la ventanilla, el maquinista lo puteaba en todos los idiomas. Él miró hacia atrás. A veinte metros los vagones se curvaban en un cambio de vías. Se quedó observando la cola de la muerte que se alejaba, manoseando la lana del pulóver, que de golpe se había desenganchado solo.


Al llegar a su casa todavía temblaba. Desde el pasillo sintió que apagaban el televisor. La Yola y la vieja estarían en guardia: la Yola apretando el mango de la plancha; la vieja, organizando sus gestos, acomodando una ceja por acá y una comisura por allá para armar su mejor cara de Frankenstein.
La puerta que abrió debía ser de otra casa.
La vieja, enroscada en una silla, le sonreía con cara de feliz cumpleaños. La Yola se había puesto la mejor pilcha y era un manojo de caricias. Y sobre la mesa, la carta, que en vez de un anónimo era un contrato de la EMI para grabarle su disco, con Amor de contrabando a la cabeza.
Sin escuchar los halagos se derrumbó en una silla. Levantó los ojos y enfrentó la imagen del Cristo que la Yola había crucificado con chinches a la pared. Esa cara de papa frita no podía ser la cara de Dios. ¿Cuál, entonces? Se le vino al pensamiento una cara pecosa y ovalada: la del pibe que le sacaba la lengua en el micro.


Este cuento obtuvo el 1er. premio en el concurso internacional "Letras de Oro 2005".
Del libro Tierra de trampas, Ed. Honorarte.



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miércoles, septiembre 26, 2012

Llévate todo

, by Daniel Paredes


Poema de Elsa Occelli ©
No te vayas hacia el mar estéril
no me dejes como a un caracol sediento.
Quiero que me acunes en tus brazos
como si no fuera un día lúgubre y mojado.
Me siento solitaria mirando morir la espuma
el viento tormentoso me sacude
llevo en mí los viejos miedos
que me muerden las costuras del adentro.
No mates el fulgor de mis ojos
no seques las palabras de mis labios
y si te vas, llévate todo
hasta las miserias compartidas.
Estoy lejos del amor
como una hoja invisible
para los vientos que sacuden las arenas
y que ya no atan nuestras vidas.
Llévate todo:
las penas
la soledad
el frío del sol
que no aparece.
Total
aún en compañía
siento que estoy abandonada.


Acerca de Elsa Occelli:
Escritora Elsa Occelli, Taller Tierra de trampasSoy muy inquieta, buscadora de nuevas realidades, siempre tuve la necesidad de escribir mis emociones.
Mis  hijos, la casa, el trabajo como docente y directora de escuelas públicas y privadas, el dictado de clases como profesora de Informática,  hicieron que fuera volcando mi creatividad hacia distintos lugares.
Desde 2009, año en que el destino me hizo ser una sobreviviente de la gripe A, que me mantuvo aislada del mundo durante cuatro largos meses, me decidí a expresar con la computadora todos mis sentimientos: de esa época son mis primeros cuadros (hechos con el ordenador) y una gran cantidad de poesías.
Ya no pude volver a trabajar, por las secuelas que me dejó la enfermedad, y desde entonces continué el camino que había comenzado. Soy tenaz, tremendamente constante, no abandono lo que comienzo, y a lo que me gusta le pongo toda mi fortaleza y mi voluntad.
Leo muchísimo, escucho música, pinto cuadros y mandalas, y escribo todo lo que puedo. A los 66 años manejo toda la tecnología y me siento realmente afortunada por realizar estas actividades que tanto me complacen.

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Cumpleaños

, by Daniel Paredes

Cuento de Nolberto Malacalza ©

“Fuera de la zona del bloqueo fue hundido el crucero general Belgrano.
Hasta anoche se habían rescatado 123 náufragos.”
LA NACIÓN, 4 de mayo de 1982

Ayer por la tarde la leche estaba algo caliente, pero no bien escuché el timbre me la terminé de un trago. Me paré de un salto y le di el manotazo a la última tostada con manteca y azúcar, y casi lo choco al Rusito cuando entraba a buscarme.
Partimos a los brincos para el baldío, y al escuchar la música de la calesita empezamos a correr. A correr con todo, como corresponde a una cosa tan importante. Rara vez llega algún calesitero al pueblo, y no siempre nos pueden dar las monedas que hacen falta para varias vueltas. Decí que este don Cosme es un poco lento, y de vez en cuando se le queda quieta la pera con la sortija: ahí le ganamos de arrebato la vuelta gratis. Y él sonríe, siempre sonríe. Qué salame.
Hoy nos pasamos cambiándonos del jeep camuflado al avión rojo y del avión rojo al barco verde, en plena vuelta. Don Cosme se puso cabrero, y entonces nos cambiábamos de raje cuando lo tapaba la casilla del medio. Y el pobre seguía con la sonrisa…
Volviendo a la sortija, recién se la quité yo. Y vas a ver que ahora se la manotea el Rusito. ¿Qué te dije? Si toda la tarde fue así. Los pibes que tienen plata no agarran una. ¡Nosotros sí que somos cancheros!
Esta mañana lo fuimos a visitar al viejo y lo invitamos al picado en el fondo del baldío. Dijo que por ahí sí, pero iba a ver, porque tenía que engrasar la calesita. Como sospechábamos, ni se arrimó. Lo que pasaba es que, si se metía, con el Rusito lo íbamos a empachar de esquives y caños. Somos imparables.
Te estoy mezclando un poco las cosas, pero te lo cuento como me sale porque sé que vos me entendés. El Rusito se había estirado tomándose con la izquierda de un parante de la calesita, y con la derecha se la quitó de una. Detrás de él estaba el par de caballitos moros, esos que nunca se ponen de acuerdo para subir y bajar al mismo tiempo; y más atrás venía yo, piloteando el barco verde. No sé qué pasó, pero fue como si le explotara la máquina a la calesita. Al mismo tiempo empezó a sonar una sirena y todo se puso muy oscuro de golpe. Creo que algún pedazo de fierro le dio a mi barco, porque empezó a entrar agua y agua y agua y se inundó la calesita, el baldío y creo que el pueblo entero, con esa agua salada que andá a saber de dónde salió. Además el barco se hizo enorme, o yo me achiqué como un gusano, no sé.
Me pareció que el barco tenía techo, o era el techo de la calesita que se inclinaba. Pasaban muchas cosas flotando y yo me prendí fuerte de algo con un solo brazo, porque con el otro no podía. Escuchaba gritos de los chicos y por ahí me pareció que don Cosme le daba órdenes al Rusito para que saliera por la escalera. Fijate vos, desde cuándo las calesitas tienen escalera.
De golpe me acordé de vos y de la Choli, tan chiquita, con las trenzas y el delantal, pero en seguida apareció don Cosme. Me tocaba la frente y me ponía agua en la boca con el hueco de la mano. Ni cuchara tenía el pobre. El barco se había achicado tanto que apenas cabíamos don Cosme, yo y otros diez o doce que eran todos iguales, todos idénticos al Rusito. ¡Y el frío que se había metido en el barco! Me quise pegar a vos, como hago siempre cuando tengo frío, pero habías salido por un rato, no me acuerdo para qué, y entonces seguí tiritando nomás.


La pera de la calesita está quieta, muy quieta, y con el ojo que me queda libre veo que la sortija no está. De su lugar sale un cañito plástico que baja hasta mi brazo y me pincha y me lo quiero arrancar con la otra mano pero no puedo mover el brazo, no siento ni el brazo ni la mano, es como si no estuvieran. ¿Y las monedas? No las encuentro, qué voy a encontrar si no alcanzo los bolsillos. No le puedo pagar, con todas las vueltas que me hizo dar el pobre cuando estábamos en el barco; cuando el barco era muy grande y después que se achicó también. Nunca me pasó, pero creo que me empaché con tantas vueltas y ya me quería bajar. Allí me vino como un bajón, viste, y se me cayó alguna lágrima del ojo que tengo destapado. Entonces lo veo a don Cosme con chaqueta y cofia blancas, y con voz finita me dice que un hombre de dieciocho años no debe llorar. ¿Te das cuenta? ¡Si yo mañana cumplo nueve! Es como si se le hubiera salido algún patito de la fila, pobre viejo…
Ah, casi me olvido. Me preguntaste cuántos vamos a ser para el chocolate. Somos los once de siempre, pero este año… qué sé yo, quisiera que también viniese don Cosme. ¿Me dejás que lo invite a tomar chocolate? ¿Sí? ¡¡Grande, maaa!!


"Cumpleaños" obtuvo el 1er. Premio en el Certamen Nacional "Héroes de Malvinas", Lobos, Pcia. de Buenos Aires.

Acerca de Nolberto Malacalza: me agradó escribir desde que me salían bien las composiciones en la escuela. Sin embargo la doble ocupación trabajo + estudio y luego trabajo + trabajo me alejaron de esa tendencia. Hubo intentos aislados que se diluyeron por falta de tiempo hasta que, ya a los 65 años, comencé a escribir con continuidad y a concurrir a buenos talleres literarios. No me pareció tarde entonces ni me parece ahora, cerca de los 80. Es cuestión de actitud, uno se mimetiza con los jóvenes.
Participé en certámenes, desde municipales hasta internacionales. Tuve una buena cosecha, con 114 premios entre poesía, cuento y microficción, y también algunas menciones.
Escuché bastante música.  Algunos clásicos, buen folclore, música popular de la mano de Piazzola, Troilo y otros directores, además de apreciar la relevancia de letristas que aportaron buena poesía al tango (Manzi, Expósito, etc.). También algo moderno: Maná me suena muy bien y las letras de los cantautores en lengua hispana tienen, en general y para mi gusto, excelencia poética.
He degustado textos de todos los narradores clásicos: los grandes escritores latinoamericanos han sido para mí una fuente inagotable de disfrute. En menor escala he leído poesía; me gustan Boccanera, Neruda, Orozco, Pizarnik, Verandi (sí, Mario Verandi, el poeta nicoleño). Claro está que al hacer nombres dejo atrás a otros excelentes poetas que he leído y analizado en los talleres.
Edité un libro de poesía, Otra sangre, por haber ganado un premio edición. Rompecabezas es mi reciente libro de cuentos, y tengo otro en preparación: Los perros salvajes. He recibido otros reconocimientos y me han incluido en numerosas antologías.
La vida me resultaría tediosa sin  buenos libros y sin escribir algo. Y aclaro: lo que digo en tiempo pasado, léase también en presente.

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Te regalo el viento

, by Daniel Paredes

Cuento de Rosa López Casero ©

Todas las tardes la niña acompañaba a su padre hasta la huerta de cuyos frutos vivía la familia. Observaba cómo él ponía el motor en marcha para llenar los surcos con el escaso chorro de agua que manaba del pozo, insuficiente para regar las verduras, hortalizas y árboles frutales, resecos a causa del sol calcinante de comienzos del verano. El padre se quejaba de esa larga sequía que hacía peligrar la cosecha y del viento solano que se enganchaba en las plantas y las asfixiaba.
En la casa, al acabar la comida, el matrimonio permanecía pegado al televisor siguiendo atentamente el programa del tiempo. Sus padres siempre repetían los mismos comentarios: “Otra semana sin llover. Si sigue el anticiclón, la cosecha se irá al traste. Necesitamos la lluvia más que el comer…” La niña asistía en silencio a esta cotidiana conversación.

Desde la huerta, la niña trepaba hacia lo alto de una montaña próxima, se sentaba en uno de los picachos y contemplaba todo el valle. Oteaba correr las nubes que pasaban sobre su cabeza, presurosas de descargar sus cántaros en otras regiones. La pequeña se entretenía descubriendo en ellas caprichosas formas. Extendía los brazos intentando agarrarlas, pero las veía alejarse esbozando caras burlescas y sarcásticas sonrisas. Imaginaba que era un pájaro vigoroso y que volaba hacia un río y traía cubos de agua en el pico.
El padre venía observando cómo, tarde tras tarde, la niña desaparecía durante un rato. Un día la siguió a la montaña y la vio hacer esos extraños movimientos con los brazos. Los levantaba como queriendo atrapar un imaginario pez volador y repetía esta operación una y otra vez. Así que —pensó el hombre— en eso se ha estado entreteniendo mi criatura todas estas tardes.
Cuando la niña lo vio, antes de que el padre dijera nada, se le acercó despacio. Las manos sostenían los extremos de su falda remangada por delante.
─¿A qué estás jugando? ─preguntó a su hija, picado por la curiosidad.
─No estoy jugando, papá ─respondió la niña, seria, con toda la ingenuidad de sus siete años─. He estado recogiendo los vientos de lluvia y el vapor de las nubes. Creo que ya tengo suficiente. Tómalos y riega tu huerta.
El padre esbozó una sonrisa por semejante ocurrencia, le agradeció su ayuda y, para seguirle la corriente, hizo un gesto de tomar lo que su hija le ofrecía y de meterlo en una bolsa.
Al bajar de la montaña, la madre los estaba esperando. La niña pidió al padre que arrojara los vientos de lluvia a las plantas, pero él se resistía: pensaba que seguir con el juego le haría quedar como un imbécil delante de su esposa. Le dijo que no, y ante la insistencia de la niña, le echó una regañina. Ella rumbeó llorando hacia la casa, seguida de la madre. El padre se arrepintió de inmediato, y al bajar la vista vio que aún conservaba el puño muy apretado. Comprendió que, a pesar de todo, no había dejado de aferrar esa bolsa fantástica que contenía los imaginarios vientos. Aflojó el puño, hizo un gesto de abrir la bolsa y arrojar algo a las plantas. El hombre se quedó esperando algún leve movimiento de una hoja, algo que confirmara una brisa fresca, pero nada. Ni una gota. En el cielo no existía otra cosa que esa guadaña de fuego que quemaba las hortalizas.
Esa noche, después de cenar, se acercó a la cama de su hija. La niña ya estaba durmiendo. Le dio un beso y se sentó a su lado, le acarició la carita y, llorando, le pidió perdón.
Sólo entonces vio el resplandor en la ventana y, unos instantes después, oyó retumbar el trueno.


En 2011, "Te regalo el viento" resultó finalista en el concurso de cuentos infantiles organizado por  la "Asociación Unión Cultural Zona Sur" de Valladolid.

Acerca de Rosa López Casero: 
Nació en Torrejoncillo (Cáceres) y actualmente reside en Coria. Es Licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca y tiene estudios de Filología, Historia, Sociología, Magisterio y Pedagogía. Diplomada en Inglés por la E.O.I. de Madrid. Desde 1985 colabora con la Editorial Everest. Es columnista de diversos medios periodísticos de España y autora de varios libros, entre los que citaremos La nueva Caperucita (Microrrelatos); Coria (1860-1960), Museo de la Cárcel Real de Coria. Guía, Excmo. Ayto. de Coria. Acaba de terminar las novelas La travesía de los sueños (premiada con la Beca a la creación por la Junta de Extremadura) y Orellana: De Truxillo al Amazonas. Varios de sus relatos han sido distinguidos con premios y publicaciones; incluso el volumen de cuentos Ellas resultó finalista de los premios de Diputación de Cáceres 2010.
Dice de sí misma: «Soy extremeña y orgullosa de serlo. Estoy de vuelta de casi todo, pocas cosas me asombran o me espantan. Soy impetuosa y bravía, irrefrenable, imaginativa y apasionada. Tremendamente tenaz en todo lo que pretendo, pienso que es la única manera de conseguir lo que deseas: tú forjas tu suerte. Me gusta vivir en presente. Mi pasión ―o una de ellas― es la escritura, plasmar en unos garabatos todo un mundo que bulle en mi interior y darlo a conocer a los demás para que, por un momento, sientan, disfruten, se olviden de lo que les preocupa». 

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Amissio Corporis

, by Daniel Paredes

Cuento de Alejandro Níklison ©

Ya era mediodía cuando Tomás despertó. Después de unos minutos de vacilación, se puso de pie y se dirigió con paso lento hacia el baño. Estaba raro esa mañana. La noche anterior se había bajado casi un litro de whisky, pero no le dolía la cabeza. Se sentía ausente, etéreo. La habitación parecía más vacía que de costumbre y terriblemente silenciosa, como si sus pasos no provocaran ningún sonido.
Ya en el baño se miró al espejo, esperando ver aquel rostro de ojos rojos, con la mirada cansada, quizás con barro seco en el pelo después de haber dormido una borrachera en el piso de algún otro baño. Es decir, aquella cara que lo miraba desde el espejo por la mañana, cada vez que pasaba la noche bebiendo en el bar de Katia.
Sin embargo no fue esa la imagen que vio. No había ojos rojos ni cabellos sucios. A decir verdad ni siquiera había ojos o cabellos. Lo único que se reflejaba era la puerta del baño, entreabierta y con dos toallas sucias colgando.
Trató de tomarse la cabeza, pero esta ya no estaba donde debería. Comprobó con sorpresa que sus pies ya no descansaban en el piso, al final de sus piernas. Tampoco estas colgaban, como de costumbre, de su cintura. Intentó contar los dedos de sus manos, pero aunque normalmente lograba llegar a diez con facilidad, esta vez no pudo ni siquiera localizar el primer dedo, o la mano que habitualmente lo albergaba. Quiso pellizcarse para asegurarse de que no era un sueño, pero no encontró dónde —ni con qué— hacerlo.
Tomás no sabía qué pensar. Quizás se había levantado demasiado rápido y se había olvidado el cuerpo en la cama. En seguida volvió a su habitación y buscó entre las sábanas. Se fijó abajo de la mesa de luz, en el ropero y hasta en el espacio que quedaba entre ambos muebles, donde tan a menudo iban a parar las cosas perdidas. Pero fue inútil. Alguien se había llevado su cuerpo mientras él dormía.
Preocupado, Tomás se sentó en la cama —si hubiera podido, se hubiera agarrado la cabeza con desesperación—. Recordó un artículo que había leído la semana anterior. Personas que eran secuestradas y despertaban en una bañera llena de hielo con dos horribles heridas en la parte baja de la espalda, donde antes tenían los riñones. Tráfico de órganos. Quizás eso había sucedido con su cuerpo. Su corazón podría valer miles de dólares en el mercado negro. Sus pulmones quizás todavía más.
Aterrado, comenzó nuevamente a revisar el departamento. Nada faltaba. No había ventanas abiertas, las cerraduras no estaban forzadas. Los pocos objetos de valor que tenía seguían en su lugar. Parecía que nadie había entrado a la fuerza.
Intentó recordar cómo había llegado a casa la noche anterior. Había salido del trabajo bastante tarde y había tomado un taxi hasta el bar de Katia (ahora le venía al pensamiento la imagen de su mano alzándose para detener el taxi; y si esa mano estaba unida con su brazo y su brazo con su cuerpo, supuso que en ese momento aún conservaba el cuerpo consigo). Una vez en el bar, se había sentado en la barra como tantas otras noches. Una botella de whisky más tarde, había salido del bar bastante borracho. Después, nada. El nuevo día lo había encontrado en su habitación, tendido en la cama y sin su cuerpo.
Decidió volver al bar, quizás se lo hubiera olvidado allí. Salió a la calle y se dirigió al auto, estacionado en la vereda de enfrente. Sin embargo, enseguida se dio cuenta de que sería muy difícil manejar sin manos ni pies. Iría caminando: si se apuraba podía llegar en unos veinte minutos.
En una esquina se cruzó con la señora Da Silva. Tomás pasó a su lado, sin responder a su saludo. Estaba demasiado preocupado como para detenerse a conversar. Ella le dirigió una mirada de reproche. Nunca había sentido aprecio por aquel joven. Llegaba muchas veces a la madrugada, obviamente alcoholizado, y hacía tanto ruido que despertaba a todo el barrio. Y ahora, para colmo, se dignaba a salir a la calle así, sin cuerpo. La señora Da Silva pensó que tendría que convocar a la junta vecinal para discutir aquel tema. El suyo siempre había sido un barrio respetable, y no había necesidad de soportar ese tipo de atropellos.
Tomás decidió ignorar a su vecina y redobló la marcha. Al llegar al bar, se alegró de que Katia nunca cerrara, ni siquiera un sábado al mediodía. El lugar estaba vacío y oscuro. Los vidrios sucios apenas dejaban pasar una luz débil, que jugaba entre las botellas de licor y las pocas mesas. Katia, recostada contra la barra, lo miró con cara aburrida. Era tan sólo un par de años mayor que Tomás, pero ya su cabello comenzaba a teñirse de blanco. Mujer alta y voluminosa, tenía un carácter taciturno y casi no hablaba. Por eso Tomás disfrutaba tanto de ese bar. Le gustaba sentarse tranquilo con su trago, sin perderse en conversaciones inútiles.
—Katia —dijo Tomás—: ayer creo haber olvidado algo muy importante acá.
—¿Que perdiste ahora, Tomás?
—Hoy me levanté y no estaba mi cuerpo. ¿No lo viste quizás tirado en el baño? ¿O dormido sobre alguna mesa?
—No puedo hacer de niñera de cada borracho que viene a beber acá —respondió Katia, mientras servía un vaso de whisky y se lo acercaba—. Todo lo que encuentro va a la basura, en el callejón de atrás, sin importar lo que sea.
Tomás ignoró la bebida que le ofrecía Katia y salió por la puerta trasera. Abrió el contenedor metálico de la basura. Saltó adentro y comenzó a buscar con desesperación.
Entonces, entre dos bolsas de desperdicios, vio un pie. Con rapidez comenzó a apartar las bolsas. Apareció una pierna. Un hombro. Una cabeza... pero no era su cabeza.
Examinó con atención aquel cuerpo. Parecía un poco más viejo que el suyo, aunque más delgado y alto. Era de tez oscura, lo que alegró a Tomás, ya que siempre había renegado de su piel sensible: después de una tarde al sol, terminaba dolorido y rojo como un tomate.
Escarbó un poco más en la basura, pero al no encontrar otro cuerpo, decidió que ese serviría.
De un salto salió del contenedor. Se miró las manos. Contó los dedos. Se tocó la cara, el cabello, los dientes. Parecía que todo estaba en su lugar. Movió los brazos y las piernas. Eran definitivamente más largas que las anteriores, pero sabía que no tardaría en acostumbrarse.
Volvió al bar, se sentó en la barra y tomó el vaso de whisky que todavía lo esperaba. Mientras disfrutaba el primer trago decidió que pasaría el día ahí, con una botella de escocés y la silenciosa presencia de Katia. Después de todo, un nuevo cuerpo era una buena excusa para festejar.


"Amissio Corporis" recibió Mención de Honor en el "Concurso Literario Pluma de Plata 2012"



Alejandro José Niklison nació en Buenos Aires en 1981.
Cuando llegó al mundo, el primer pensamiento que cruzó por su cabeza fue: "Qué confuso es todo esto". Pensó que con el tiempo todo se aclararía. Se equivocó.
Con los años se le cayó su primer diente, lo echaron de la clase de Biología, creyó estar enamorado (pero no), se cayó de la bici, creyó no estar enamorado (pero sí), se volvió a subir a la bici. Otras cosas además de las acá mencionadas pudieron o no haberle sucedido.
Entre todo esto encontró el tiempo para escribir y publicar varios cuentos en diarios y revistas.
Desde hace 2 años vive en Berlin.
Todavía piensa que todo es muy confuso. Sólo que ahora intenta entenderlo.

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Mi juguete favorito

, by Daniel Paredes

Poema de Lionel Rial ©

Bravío caballo blanco
con crines negras
sujeto al sulky
donde recorría
quilómetros de sueños
al galope por las veredas
Avenida Alberdi en Flores
corazón de la metrópoli
entonces bucólico rincón bonaerense
donde las casas de una planta
murieron asfixiadas
las torres brotaron como la hierba
después de la lluvia
y en sus veredas
ya no hay triciclos
ni sulkies de juguete
sólo peatones de paso rápido
que perdieron su infancia
camino a la oficina.

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El tren de la medianoche

, by Daniel Paredes

Poema de Pilar Fernández Bravo ©

  «Con sigilo sabré deslizarme».
                        (Walt Whitman)


Hoy has llegado
como el tren de medianoche.

La miras, y respiras del aire
que encierra su secreto.

Su horizonte es la noche
y el tuyo la luz del día.

Ya no te quedan palabras para ella
y pronto pasa el momento del obsequio,
de la dulce obligación.

Te exilias de su cuarto.

La quieres pero no la quieres.
El amor también se cansa.

Los cubiertos tañen melodías cotidianas
mientras ella se queda tras el visillo de la vida,
como sombra recostada en la pradera.

Como árbol seco que no echará raíces.

Ya sus manos están vacías, y se prepara
                                                            [para el viaje sin ti

Cuando vuelvas, quizá
tus besos rocen sus mejillas
o sus labios, como un gesto
de último homenaje.

Luego, tu boca estará cerrada de ella,
y ya no le guardarás ausencia.

De Pilar Fernández Bravo ©

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el llanto

, by Daniel Paredes

Poema de Pilar Fernández Bravo ©
hay un enigma en el llanto
un ancestro  de inmensidad
una herencia hecha de gotas
de cuando las palabras eran piedra
sin pulir

y un día el arcano se vuelve lluvia
entelequia de charcos incipientes
donde danzan los suspiros
venidos con el viento
de lejanas gargantas

en un punto, a lo lejos
un ciervo parece flotar en la dehesa
recordando la timidez del agua
 y de la vida

©Pilar Fernández Bravo

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Una mirada

, by Daniel Paredes

    Poema de Lionel Rial ©

    la perfección
    atributo divino
    hace de este mundo
    el mejor de los mundos posibles
    pontificaba mi maestro Pangloss
    todo ajusta con exactitud
    para el exceso de población
    las guerras
    las hambrunas
    las enfermedades
    y de haber un excedente
    la homosexualidad es de ayuda
    mi loro aprueba
    con su voz doctoral
    no en vano se graduó
    en la Sorbonne
    donde enseñan buenos modales
    en el momento de guillotinar herejes
    “Monsieur, ¿está cómodo?
    ¿le perfumamos el cuello?”
    “C’ est bien”
    el filo de la cuchilla está en marcha
    en instantes
    la manicura le dejará
    las uñas de maravilla
    Lionel Rial ©
    Alumno del Taller del Prof. D. Paredes


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lunes, septiembre 24, 2012

Destino

, by Daniel Paredes

Cuento de Silvia Medina ©

¿Por qué lo maté?... Mirá, piba, si querés, yo te lo voy a contar… Y, lo tuve que hacer. Pero es larga la historia, ¿viste? Una ya vivió tantas cosas… En fin, creo que todo empezó cuando nací. Sí, ya veo que te asombra. Claro, piba, qué vas a entender vos de estas cosas. Sin ofender, digo, porque ya sé que para algo estudiaste. Pero la vida es otra cosa, y no sé si todo estará ahí, en tus libros, tan clarito. Yo tengo una hija, ¿sabés? Y me siento muy orgullosa de ella. Vos debés de andar rondando su misma edad. ¡Y prontito se va a recibir de lo mismo que vos! Eso era lo que yo quería. Que estudiara, para salir de la basura en la que vivíamos. Quería que se salvara de tanta mugre. Por suerte cuando maté al Pascual ya le tenía casi-casi asegurado el futuro. Y juro que no me importaba el sacrificio que hacía. Si hubiera sido por mí, largaba todo y me iba a la mierda. ¡Pero ella se merecía algo mejor! La Evita es toda mi vida. Yo tenía quince años cuando aquel otro guacho me preñó. ¡Pero juro que igual se me iluminó el alma! Sí, no te asombrés, ¿cómo no iba a estar contenta, si ya nunca más iba a estar sola? Ahí me dije que iba a esforzarme para que mi hijo no pasara las mismas miserias que yo. Y quería que fuera un machito, porque es más fácil, ¿viste? Pero nació chancleta, y entonces pensé en la Evita, esa de la que hablaba siempre mi abuela. Evita nació como yo, guachita nomás. Y por eso me pareció que era el nombre que mi hija tenía que llevar. Porque ese mismo destino quería para la pobrecita. Ja, ja, ja. Claro que yo no pretendía que se casara con el presidente, pero sí quería que fuera alguien.
A mi madre la mató el tipo con el que vivía: la pobre lo encontró justito cuando me estaba violando y quiso defenderme. Pero esa no era la primera vez. Qué iba a ser la primera. Ya hacía como tres años que lo aguantaba. Desde que tenía más o menos los once, y las tetas apenas si se me marcaban. Empezó toqueteándome, el muy asqueroso. Y me decía que él era como mi padre y tenía derecho de hacerlo. Yo estaba amargada. No me gustaba ni medio, ¿viste? Pero él me había jurado que todos los padres tenían ese secreto con las hijas, y que más adelante a mi mamá se le iba a llenar de orgullo el corazón cuando lo supiera. ¡Y terminé por creerle a ese hijo de puta! Y lo único que se llenó fue mi panza. Pero de eso mi mamá no pudo enterarse porque la mató antes.
De mí y de mi hija se hizo cargo mi abuela, hasta que apareció el Pascual. Chatarrero, joven, un buen partido, decía la vieja. “Mirá que a mí me queda poco hilo en el carretel y no sé qué va a pasar con vos y con la Evita cuando me muera”. El Pascual me trataba como a una reina. Nos llevaba de paseo, le traía regalos a la nena y hasta quiso reconocerla para que no fuera guachita, me dijo. Y me ganó el corazón. Lo acepté. ¡Sabía cómo convencerme, el desgraciado! Pero cuando mi abuela murió, me mandó a laburar en un prostíbulo de mala muerte que él regenteaba. “La chatarra no da nada”, me decía el muy cretino. Yo empecé a entender cómo era la cosa en el mundo que me tocó nacer y entonces guardaba parte de la guita. A veces hacía de tripas corazón, como se dice, para conseguir unos pesitos de más. Y se la supe hacer tan bien que el mal nacido nunca se dio cuenta. Yo lo tenía todo pensado: cuando juntara lo suficiente me rajaba junto con la Evita, y a empezar una vida nueva.
Y ya me faltaba poco. Pero terminé en cana. Y la Evita pupila en una escuela. ¡Eso sí! En la mejor que pude. Al menos ella zafó. Tuve suerte de caer con buena gente que entendió la cosa y me ayudó. Igual, como la piba llevaba su apellido, le quedó todito a ella. ¡Un fangote de guita! ¡Y decía que estábamos en la lona! Que el prostíbulo era de él, me enteré después. ¡Ni siquiera sabía que los terrenos donde vivíamos eran nuestros! ¿Que no entendés por qué vivíamos en la miseria? ¡Porque era un hijo de puta! Parece que tenía pensado rajarse con todo y dejarme con una mano atrás y otra adelante. Eso me enteré cuando se murió, porque se encontraron unos papeles. Que lavaba guita, me dijeron. Y tenía una mina esperándolo en Brasil. Pero igual heredamos nosotras. ¡Se la pusimos al guacho, jajaja!
Pero claro, piba, vos querés saber por qué lo maté. Te dije que no quería que mi Evita pasara las mismas miserias que yo. Y un día el Pascual me dijo: “Mirala a la guachita de tu hija. Ya se le están criando las tetas. En cualquier momento te la monta un pendejito de esos y le llena la panza. Andá llevándola a una doctora de esas de mujeres, para que le vaya dando unas pastillas, que dentro de un tiempito la mando al local, a laburar con vos. Enseñale bien el oficio, y sacate esas boludeces del estudio de tu cabeza de pajarito”. ¡Y eso me clavó una espina en el alma, mirá, piba! Por algo una vivió tantas cosas. Ahí nomás me di cuenta de que me la iba a empezar a preparar. Estos tipos son así: les gusta probar el primer bocado.
Esa noche no fui al laburo. Me escondí entre la chatarra, agarré una barra de fierro, y entré justito cuando me la estaba empezando a manosear.


"Destino" obtuvo el 1er. Premio en el certamen "Emma Rosa Mosto"

Acerca de Silvia Medina

Escritora del taller Tierra de trampas, Silvia Medina
Un día la señorita disparó la frase mágica: “Hoy vamos a leer una poesía de una autora nacida en nuestra ciudad…”. No recuerdo ni la autora ni la poesía, pero esa frase abrió para mí un nuevo mundo. ¿Así que los escritores estaban en la Tierra? ¿Vivían? ¿Estaban cerca de mí? Eso quería decir que cualquiera podía escribir, si le gustaba. Y dejé de mirar la poesía desde los libros, e intenté escribir. A los primeros trabajos los escondía: temía que alguien los leyera y se burlara. Después, en la adolescencia, y aunque mis amigas me animaban a continuar, dejé de escribir: me di cuenta de que en cada escrito iba un trocito de mis sentimientos. Ya grande, en un chat, alguien me dijo que debía retomar la literatura. Y lo hice, cada vez con más deseos y más fuerzas, que nacían del intercambio de mis compañeros del taller literario, de la admiración hacia los escritores nicoleños, de mi renovado paseo por los diferentes autores. Esta nueva etapa comenzó hace doce años. No tengo libros publicados, aún, aunque colaboré en dos antologías. Aunque participé en pocos concursos, he sacado algunos premios. Sé que me falta un largo camino, pero disfruto de lo que hago.

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El vestidito rayado

, by Daniel Paredes

Cuento de Ángeles García García ©

Me lo dijo justo aquel día. Ni siquiera tuvo en cuenta que, en esa misma fecha pero cinco años antes, él me había jurado amor eterno.
Me lo dijo como si fuera la cosa más natural y aplaudible, como si me estuviera contando una película. Mientras Paolo hablaba y hablaba yo me limité a observarlo con curiosidad. Me pidió que lo entendiera y lo aceptara así como era.
—No me condenes —me dijo—, lo último que querría es hacerte daño.
Después se fue.
Yo me tiré en el sillón del living. Estaba idiotizada, no podía creer lo que acababa de escuchar. Con qué simpleza había definido la situación, con la misma simpleza con la que se tira a la basura un par de medias que ya no sirven.
Cerré los ojos y recordé cuando nos conocimos en la cola del Gran Rex. Era domingo, yo esperaba para entrar a la función de la tarde. Estaba sola: Marta, mi mejor amiga, tenía gripe. Cuando él me toco el hombro, me asusté. Me di vuelta con intenciones de decirle una grosería, pero al chocar con sus ojos tan azules y expresivos me quedé muda. Entonces él me preguntó:
—¿Esta función empieza a las cinco?
Yo apenas pude mover la cabeza afirmativamente. Confusión que aprovechó para envolverme en este interrogatorio:
—¿De dónde sos? ¿A dónde vas a bailar? ¿Quiénes son tus amigas? Porque estoy seguro de haberte visto antes, pero no recuerdo dónde…
Me hizo gracia la mezcla de preguntas todas juntas y sin respiro. Con un gesto descarado lo miré de arriba abajo: el vaquero ajustado y el suéter negro le quedaban muy bien.
—En cambio yo estoy segura de no haberte visto antes —le dije—, tus ojos no se olvidan fácilmente.
Desde ese momento lo dejé todo por complacerlo. Paolo era muy celoso y decía que me quería sólo para él. Así que empezó pidiéndome que abandonara las clases de dibujo, y lo hice a pesar de que la pintura era mi gran pasión. Después me exigió que dejara de usar las polleras cortas y los pantalones ajustados, y del maquillaje también tuve que olvidarme. Pero a mí no me importaba, estaba dispuesta a sacrificar todo por amor. Me volví mezquina ahorrando peso sobre peso para que él pudiera terminar sus estudios, y hasta me alejé del barrio de toda mi vida y nos mudamos a Floresta, para estar cerca de su mamá.
No habíamos alcanzado a estabilizar la situación económica, y quedé embarazada. Yo hubiera esperado un poco más, pero Paolo deseaba tanto tener un hijo que me lo impuso sin considerar lo que yo pudiera pensar.
Nació una nena y le pusimos Julia, también en honor a su madre.
Paolo estaba muy feliz con Juli y le daba todos los gustos; le había llenado la pieza de muñecas y peluches. El último regalo se lo trajo de Córdoba: un bebote tan grande como ella misma.
Nada tuvo en cuenta Paolo cuando levantó la maleta y salió dando un portazo. Ni siquiera a Juli, que lloraba y movía los brazos para que le hiciera upa.
Me levanté del sillón, enfrenté el espejo que colgaba al final del pasillo y con una amarga sonrisa le dije a la que estaba allí:
—Te vas a volver loca, te tenés que volver loca.
Con una sonrisa amarga la del espejo repetía lo que yo iba diciendo. Me tiré de nuevo en el sillón y quedé cara a cara con el bebote cordobés, que estaba como apesadumbrado, hundido en su sillita de mimbre. Lo observé un rato largo: se parecía tanto a Juli, con sus rulos castaños sobre la frente, su textura blanda y rosada de bebé. Incluso los ojos eran igualitos a los de Juli. Ella le había copiado los ojos al padre, que eran grandes, redondos y muy azules, tan azules y cristalinos como esas bolitas japonesas con las que juegan los chicos.
Después alcé a Juli y la llevé a su cuarto. La puse bocabajo sobre la cama y le di golpecitos para que se durmiera. Y mientras miraba su vestidito rayado rojo y blanco —el que tanto le gustaba a Paolo—, se me fue ocurriendo la idea. Porque a él tenía que devolverle el golpe bajo y pegarle donde más le doliera. Y si había algo que él no podría soportar, era que le dañaran a su Juli…
Pasaron tres días sin que Paolo diera señales de vida, hasta que un sábado llamó por teléfono para avisarme que el domingo vendría a jugar con Juli. También necesito hablar con vos, me dijo, y cortó. Más tarde hablé por teléfono con Marta y quedamos de acuerdo para vernos ese mismo día.
El domingo cuando le abrí la puerta a Paolo, yo estaba en camisón, con pantuflas y despeinada.
Mientras él prendía un cigarrillo y se acomodaba el pelo que le caía sobre la frente, me buscó los ojos con una mirada de complicidad. Yo hice una mueca y empecé a decir algunas incoherencias.
—Hay olor a quemado. ¿Habrás dejado algo en el fuego? —y me miró preocupado. Encogí los hombros y no respondí. Paolo me esquivó y entró a la casa. El olor venía del patio. Cuando abrió la puerta, una ola de humo lo hizo toser. Los cajones del placard crujían entre las llamaradas, que, en columnas feroces, ascendían acompañadas de partículas oscuras y un fuerte olor a celuloide.
Volvió al living murmurando “Tranquilo, Paolo… Tranquilo”.
—¿Dónde está Juli? —me preguntó.
Le sonreí mientras jugaba con un osito de paño, y haciendo un gesto teatral le señalé una de las puertas que daba al pasillo. De dos zancadas cruzó el espacio que lo separaba del lugar.
Lo seguí hasta la puerta del baño acunando el osito y cantando una canción. Paolo prendió la luz y miró hacia la bañadera, donde flotaba el vestidito rayado. Se dio vuelta y me gritó:
—¡Qué hiciste, loca de mierda!... ¡Qué hiciste!... Y dándome un empujón se precipitó a la calle para pedir ayuda. Instante que yo aproveché para sacar el bebote de la bañadera, envolverlo en una toalla, agarrar el bolso y salir corriendo hacía el auto de mi amiga Marta, que me esperaba cerca de casa. En el asiento de atrás, Juli dormía.

Taller Tierra de Trampas, escritora Angeles Garcia Garcia

Acerca de Ángeles García García

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